Shutterstock, FUSION

Hace 4 años, por estas fechas, me preguntaron lo mismo: ¿Callo, qué piensas del internet en México? Hace 4 años yo era apenas un joven provinciano recién llegado al D.F. (sí, así se llamaba hace 4 años) buscando hacer realidad mis sueños de convertirme en escritor y mi único boleto para hacer eso posible era el internet. No había vuelta atrás: era eso o regresarme a vivir a Mazatlán. Fallar no era opción.

En ese entonces no existían los llamados #Lords ni las #Ladies y la única forma de hacerte famoso por ser un naco en México era salir en Sabadazo y yo no conocía a nadie ahí, entonces esa tampoco era opción. Cómo han cambiado las cosas.

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En el 2012 nadie en México realmente creía que el internet se convertiría en “la próxima gran cosa”; ni las marcas, ni las televisoras, ni los periódicos (si naciste después de 1995 los periódicos son esos rollos de papel que sirven para matar moscas), ni las revistas (si naciste después del 1995, son como una página de internet pero en papel).  Pero había un grupo de jóvenes que no tenía otra opción más que la de creer y para los cuáles el internet era la única forma de hacer lo que amaban. Un grupo de jóvenes con hambre, una cualidad indispensable para el éxito y que se había perdido ya hace muchos años en México. Yo era uno de esos jóvenes.

El internet de hace 4 años representaba la libertad de expresión en toda la extensión de la palabra. No existían policías del pensamiento correcto ni dominaban los grupos moralinos que hacían que las mayorías se sintieran cómodas con lo que las minorías publicaban. No había autocensura, ni la política de lo correcto. Hoy es otra historia.

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En el internet del 2016 existen enemigos comunes, tenemos a los malos y a los buenos. Existen tabúes, temas intocables y una lista bien definida de la gente a la que tenemos que odiar (inaceptable no hacerlo) y la gente que nos tiene qué caer bien. Las opiniones personales y la crítica es tolerada siempre y cuando no vayan con la agenda progresista, y la censura ya no la pone Televisa o el gobierno, la ponemos nosotros y nuestra aguda obsesión por lo políticamente correcto.

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En el internet del 2016 todos somos veganos, macrobióticos, feministas, pansexuales, incluyentes y votamos por la izquierda. Y ni hablar de las consecuencias de estar del lado de los malos.

El internet del 2016 es autoritario y el bullying no se tolera para nadie excepto para los que nos caen gordos (o no piensan como la mayoría). Contra ellos no hay reparo, se necesita solamente googlear “Peña Nieto”, “Nicolás Alvarado” o “Donald Trump” para darnos cuenta.

Hoy, la generación de la vergüenza ha tomado las riendas del ciberespacio y quienes parecían ser los abanderados de la tolerancia y la libertad de expresión son los que ahora se escandalizan si votas por el PRI o si no te gusta Juan Gabriel (vale aclarar que a mí me gusta mucho, antes de que empiecen). Esta generación planea perseguir y castigar por medio del escarnio público y la humillación a todo aquel que le gusten las corridas de toros (not me) o se atreva a asegurar que los niños en África son una prioridad mayor que los perros extraviados. En el internet del 2016 los animales tienen más derechos humanos que los humanos y la obesidad no te hace una persona con mayor riesgo de un ataque al miocardio o un síndrome metabólico, la obesidad te hace “hermosa”.

Los guardianes de la moral pública ahora nos exigen qué y cómo opinar y a qué Dios rezarle. Y ahí es cuando pienso que, en el 2016, estamos dando vuelta en la dirección incorrecta en esta súper carretera de la información.

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Para los que me conocen ya de varios años o han visto algunos de mis videos recientes sabrán que soy (y siempre he sido) un defensor incansable de la libertad de expresión. Libertad sobre todas las cosas, (incluso sobre las que creo correctas), y considero que es inaceptable (y preocupante) cargar con consecuencias a las opiniones que desagradan a la mayoría.

Y más allá de eso, creo que debe existir la garantía de poder opinar lo que a uno le venga en gana por más incómodo o irritante que les puedan parecer a los demás.

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De lo perdido, lo que aparezca: el internet siempre ha sido un claro reflejo de la sociedad actual y hoy es innegable que lo que publiques en tus redes sociales es más importante que nunca y lo que digas aquí puede convertirte en un héroe de la vida real o hacerte perder tu trabajo (depende del lado que estés). Nunca habíamos sido tan poderosos.

Mientras esperamos el resultado de este experimento llamado “libertad de expresión en México” y contemplamos juntos la evolución del internet en nuestro espacio, esperaré a que alguien, en 4 años, me vuelva a hacer la misma pregunta. Ojalá entonces pueda dar otra respuesta.

La “libertad de expresión” no se trata de opinar todos lo mismo, se trata de confrontarnos, debatir y tolerarnos.

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Callodehacha es un comediante y YouTuber mexicano. Tiene 28 años y es originario de Mazatlán.