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Los muros ya forman parte de las conversaciones cotidianas en Estados Unidos y un muro casi impide que escriba este artículo. Los seguidores de Donald Trump se van a burlar de mi: “¡JAJA! ¿Un mojado frenado por un muro que todavía no existe? No me hagas reir”. Pero ya nadie se está riendo. Falta poco para el 6 de noviembre. Yo no me estoy riendo. Yo solía ser un mexicano “ilegal”.

El muro al que me refiero tiene nombre y se llama Donald Trump. He estado pensando qué sería más peligroso: ¿La posibilidad de guardar este artículo en mi buró—otra muestra de inacción e indiferencia ante la intolerancia de Trump— o la posibilidad de que se use este artículo en mi contra en un futuro distópico encabezado por Trump?

Read the article in English here.

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Quizá estoy siendo demasiado dramático pero estoy muy preocupado. De verdad tengo miedo por mis amigos, mi familia y nuestra democracia. Me gradué de la universidad y ahora soy un residente permanente de Estados Unidos. Sin embargo, no estoy tan convencido, a pesar de ya no ser indocumentado, que tendría la misma tranquilidad en una nación gobernada por Trump.

Mi manera de hablar, lenta y pausada, viene de un miedo profundo que he sentido desde que tenía tres años. Tenía miedo de que alguien se diera cuenta que era “ilegal”. Practicaba la pronunciación de palabras como the en frente del espejo hasta que me dolía la lengua. Hacía ese tipo de cosas para poder parecerme más a los demás. Mi mamá me usaba de traductor cuando tenía que comunicarse en inglés con los clientes de su guardería. En la escuela me obsesioné en hablar como los estadounidenses, copié las expresiones que usaban y sus frases coloquiales. Absorbí la cultura popular y aprendí el inglés viendo a los Power Rangers en la televisión y practicando con mis maestros de la primaria.

Eventualmente recibí una beca para asistir a la Latin School of Chicago, una prestigiosa escuela privada donde estudié con los hijos de políticos y altos ejecutivos. Pero al graduarme de la preparatoria me encontré con otro obstáculo: pagar la universidad. No tenía estatus legal y consecuentemente no pude solicitar ayuda financiera. Tuve que trabajar 48 horas a la semana en un supermercado mientras estudiaba de tiempo completo en Columbia College, una escuela de arte en Chicago. Sin embargo, llegó un punto en el que pedí hablar con el vicepresidente de la universidad porque ya no podía pagar la inscripción.

El vicepresidente vio mis calificaciones y le pidió a la administración establecer un fondo de ayuda. Con ese dinero pude graduarme con un promedio de 3.88.

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Seguí batallando por muchos años hasta que por fin recibí mi Green Card. El proceso fue duro y tuve que recopilar y organizar muchísimos documentos financieros, declaraciones, fotografías y registros. Mis parientes, quienes se naturalizaron bajo la Ley de Reforma y Control de Inmigración de 1986 (IRCA por sus siglas en inglés), me patrocinaron para que no tuviera que salir de los Estados Unidos mientras se tramitaba mi solicitud. A los 24 años usé casi $6,000 dólares de mis ahorros para pagar los trámites y las multas legales por haber cruzado la frontera sin documentos (cuando tenía poco más de dos años de edad). Pero estaba muy emocionado. Después de tantos años de remar contracorriente sentí que por fin podía dejar que el río me llevara.

Por primera vez, en este artículo, admito que fui un “extranjero ilegal”. Lo hago porque me da miedo que Trump llegue a ser presidente y temo que eso pueda acabar con mis sueños.

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¿Por qué me importa si ya no soy indocumentado?

Esther Littman Gorny, una sobreviviente del Holocausto, dijo que el tener un abuelo judío (sólo un cuarto de sangre judía) ya era suficiente para ser juzgado bajo los criterios racistas de las Leyes de Nuremberg en la Alemania Nazi.

Me preocupa la deshumanización. Los gritos de “¡CONSTRUYAN EL MURO!” podrían convertirse en “¡CONSTRUYAN EL CAMPO DE CONCENTRACIÓN!”.

Mi estatus no importa, siempre seré un inmigrante y siempre estaré orgulloso de serlo. Pero prefiero que no sea un tema que pueda ser usado para discriminarme.

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¿Qué tipo de muro se puede construir entre mi identidad inmigrante y mi identidad estadounidense? Hipotéticamente, ¿en qué momento le enseñaría a mis hijos que la misma cosa que les han enseñado a odiar es lo que los hace estadounidenses? ¿Qué eres si el país que amas te odia por amarlo?

No creo que todo esto sea alarmismo. Simplemente me baso en las declaraciones que ha hecho el candidato republicano.

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¿Si arrestan a 11 millones de inmigrantes indocumentados, que les das de comer mientras esperan la deportación? ¿Cómo se llamarían los lugares de detención? (¿Centros de detención? No serían campos de internación, ¿o si?). ¿Qué le dirías a los millones de estadounidenses que han llegado a conocerlos, son sus amigos y están enamorados de ellos?

¿Acaso en toda la historia de la civilización ha habido un desplazamiento masivo de gente que haya terminado bien?

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También deberíamos preguntarnos: Bajo Trump, ¿quién se convierte en el enemigo del Estado? ¿Mis amigos? ¿Mis compañeros de trabajo? ¿Tengo alguna conexión de LinkedIn con la cual me podrían rastrear después de una redada de inmigrantes, hijos de inmigrantes, nietos de inmigrantes? A Gorney no sólo se le prohibía salir con alemanes, “tampoco podía salir con judíos puros. Sólo podía socializar con medios-judíos como ella”. ¿Me dejarán amar bajo la administración de Trump o tendría que amar sabiendo que esto representa un peligro para el otro?

De alguna manera, Donald Trump jamás podrá ser tan estadounidense como yo. Sólo uno de nosotros entiende y respeta la Primera Enmienda de la Constitución estadounidense. Uno de nosotros realmente ha trabajado por sus barras y estrellas. Uno de nosotros puede comprender que “el Sueño Americano no se puede contener con ningún un muro”. El otro es un demagogo que se identifica con líderes totalitarios, que se enorgullece del oportunismo inescrupuloso, que celebra el populismo y el nacionalismo y que ha adoptado la renovación nacional como lema de campaña.

Donald Trump no promete un muro. Él y todos lo que lo apoyan son el muro que no nos deja construir un país mejor.

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Bogar Alonso is a poet, writer, editor and filmmaker who hails from mid-Mexico and the Midwest. His work has appeared on Vice, Gawker, The Huffington Post, and Complex.