Jeronimo Bernot/@jerobernot

CIUDAD DE MÉXICO — Me incorporé a la marcha el domingo al mediodía algo desanimado porque claramente no estaban los cientos de miles de manifestantes que esperaba ver.

“No recuerdo algo así desde Jesse Helms”, me había dicho mi padre refiriéndose a las protestas que convocó el gobierno mexicano en 1986 contra el senador republicano de Carolina del Norte. En ese entonces Helms realizó un serie de audiencias públicas sobre la corrupción y el narcotráfico en México que deterioraron la relación bilateral y fueron tachadas de intervencionistas.

Jeronimo Bernot/@jerobernot

Ahora volvíamos a marchar contra una amenaza extranjera. Pero esta vez la protesta no estaba planeada desde el gobierno, a pesar de lo que aseguraban algunos manifestantes que aprovecharon la falta de claridad y liderazgo en la convocatoria para denunciar al Presidente Enrique Peña Nieto.

Advertisement

Advertisement

Los gritos de “¡México unido jamás será vencido!” chocaron con los de “¡Fuera Peña!”. Algunos manifestantes intercambiaron insultos. "¡Pinches acarreados!", espetó un señor. "¡La marcha es contra Trump!".

Caminé junto a miles de personas ondeando banderas mexicanas sobre Avenida Reforma. Otros grupos marchaban simultáneamente en distintos puntos del país.

Un organillero tocaba “México Lindo y Querido”, unos coreban el “Cielito Lindo”, otros gritaban “¡México!” y aplaudían tres veces como si se dirigieran a un partido de fútbol.

Advertisement

“¿Y dónde están mis primos?”, le pregunté a mi tía, quien marchaba a mi lado. “Tu prima me dijo que estas cosas no sirven para nada y el otro por huevón”.

Jeronimo Bernot/@jerobernot

Marchamos hasta llegar al Ángel de la Independencia. En las escalinatas del monumento se encontraba una pequeño muro hecho de cubos de papel con mensajes contra el racismo y la xenofobia.

Advertisement

“Te recomiendo que vengas”, le escribí en un mensaje de texto a la chica con la que estoy saliendo. “Esto es histórico”. Pero prefirió ir a Zona Maco, una feria de arte contemporáneo en el noroeste de la ciudad.

‘Es importante que se llene esto’, reflexioné, ‘Trump tiene que saber que negocia con todo un país, no con un grupo de funcionarios debilitados’.

‘Esto no se trata ni del muro ni del Tratado de Libre Comercio con América del Norte’, me dije. ‘Es para nuestros paisanos allá; los millones que viven con miedo. Para aquella madre que fue deportada y dejó a dos hijos adolescentes en Arizona’.

Jeronimo Bernot/@jerobernot

Sin embargo, la famosa rotonda que rodea el monumento no se llenó. La gente comenzó a cantar el himno nacional pero las voces no rugieron, la tierra no retumbó.

Advertisement

Advertisement

Varios drones sobrevolaban la marcha. Una pancarta amarrada a un par de globos que hacia alusión a los 43 estudiantes de Ayotzinapa flotaba en el cielo. La gente se comenzó a dispersar.

Me fui algo frustrado. Decepcionado con los que faltaron y enojado con aquellos que interpretaron la protesta como un intento por parte de un grupo de organizaciones y personalidades "elitistas" de darle un segundo aire a un presidente cuya popularidad va en picada.

Tenía ganas de levantarme el domingo y comprobar mi teoría: Trump dividió a Estados Unidos, pero unió a México.

Advertisement

Aún no.

Jeronimo Bernot/@jerobernot

Tenemos 364 días para protestar por los desaparecidos, la corrupción, el gasolinazo. Tenemos días para levantarnos tarde y no preocuparnos de más. También llegará el día en que le pasaremos la factura al mal gobierno y juntos lograremos la mejor, quizá la única, solución: poner la casa en orden.

Advertisement

Advertisement

Pero este domingo era un día para cerrar filas — no con nuestra indefendible clase política, con México.