Tim Rogers

DURHAM, Carolina del Norte — Felipe Molina podría acabar con el corazón roto en el Día de San Valentín.

Después de desayunar con su novio y darle un beso de despedida, el mexicano de 25 años de edad tendrá que presentarse ante el Departamento de Detención y Expulsión de la Oficina de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en Charlotte para cumplir con su orden de expulsión.

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Felipe recibió un aviso de expulsión en Nochebuena, a pesar de que su solicitud de asilo sigue en proceso en el Tribunal de Apelaciones del Cuarto Circuito. Su última esperanza es convencer al director de ICE de ejercer su discreción para suspender la expulsión, en lugar de ponerlo en un avión hacia México. Pero llevará su maleta a la cita por si acaso. Felipe sabe que esta podría ser la última vez que ve a su novio, su casa, su trabajo, y la comunidad en la que ha trabajado tan duro para lograr una vida tranquila y honesta para sí mismo.

"Lo único que he hecho aquí es tratar de ser un buen ciudadano y estudiante", me dijo Felipe con los ojos llenos de lágrimas. Felipe se graduó de la preparatoria Riverside en Durham en 2009 con un promedio de 3.8. "Ahora mi futuro depende de lo que una persona opina de mí".

Felipe Molina con su novio, Francisco Vargas, en Durham.
Tim Rogers

La historia de Felipe es tan devastadora como alentadora. Su vida sigue dependiendo de un sistema de inmigración que trata a los inmigrantes indocumentados como criminales. El sistema le ha quitado tiempo, dinero y energía. Ahora, después de tres años de luchar para tener papeles, el sistema podría sacarlo del país como si fuera basura, robándole sus sueños y, potencialmente, enviándolo de nuevo a una situación de peligro en un país del cual había huido para escapar la persecución y la violencia por su orientación sexual.

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Sin embargo, su historia está llena de esperanza. Felipe ha logrado unir a los activistas negros, morenos y blancos de todos los rincones del Triángulo (Raleigh, Durham y Chapel Hill) y se ha convertido en la cara pública para empujar a Durham a convertirse en una ciudad santuario. Felipe ahora habla regularmente en asambleas, vigilias y reuniones en las iglesias organizadas por la NAACP y el grupo activista Alerta Migratoria. Su voz ha ayudado a generar un movimiento de justicia social que se opone al gobierno de Donald Trump.

"Trump aprueba de todo lo que está mal, pero también estoy contento de que la gente está luchando”, me dijo Felipe. "La gente se está dando cuenta de que tienen una voz".

La comunidad del Triángulo de Carolina del Norte ha estado muy activa en las protestas contra Trump.
Tim Rogers

Felipe no sabe si se va a salvar de la deportación mañana– su abogado confía en que ICE lo dejará seguir en el país– pero dice que tiene fuerza y fe gracias a la gente buena de Carolina del Norte que lo ha apoyado.

"Me ha mantenido positivo saber que la gente me respalda", dice Felipe. "Antes pensaba que yo estaba solo. Y ahora la gente me está mostrando lo contrario”.

Graduándose sin papeles

Felipe nació en el estado de Guerrero en México y lo trajeron a los Estados Unidos hace 17 años. Él sabía que era indocumentado cuando estaba en la prepa, pero no comprendía del todo lo que significaba hasta después de que se graduó en 2009. Felipe dice que varias universidades locales le ofrecieron becas por sus buenas calificaciones, pero las revocaron cuando se enteraron de que no tenía un número de la seguro social.

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Felipe dice que tuvo que tomar una decisión muy difícil en ese momento. "Podía tratar de conseguir un trabajo en McDonalds, o volver a México para estudiar". Su madre, quien era dueña de un salón de belleza en Durham, le dijo a Felipe que pagaría por su universidad en México. Entonces se fue.

Una enfermedad en la familia obligó a Felipe a dejar la escuela después de un semestre y a buscar trabajo después de que su madre tuviera que vender el salón de belleza. En esos años Felipe salió del closet. Dice que ser indocumentado le enseñó la importancia de "ser fiel a mí mismo, no esconderme, y ser abierto sobre quién soy".

Pero Felipe fue víctima de violencia cuando anunció que era homosexual. Dice que él y su novio fueron acosados, agredidos y amenazados por besarse y agarrarse de la mano en público. Cuando le pidieron ayuda a las autoridades, Felipe afirma que los policías lo culparon por incitar la violencia por ser homosexual.

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Felipe se sintió solo y asustado en la Ciudad de México, entonces regresó a los Estados Unidos. Trató de cruzar la frontera en 2013 pero fracasó. Fue detenido y deportado en ese intento. Logró entrar de nuevo un año después y pidió asilo. Después de pasar su entrevista de "temor creíble"– el primer paso en un caso de asilo es demostrar que estás huyendo de un peligro legítimo y estás buscando refugio en los Estados Unidos– lo dejaron salir al pagar una fianza de $7,500 dólares. Se quedó viviendo en Durham con Francisco Vargas, su amigo de la prepa que luego se convirtió en su novio.

Francisco habla en defensa de su novio Felipe en una iglesia en Durham.
Tim Rogers

Hace poco el caso de Felipe fue rechazado por un juez de inmigración después de luchar tres años para que le dieran asilo. El juez ha rechazado más del 84% de las solicitudes de asilo en los últimos seis años, según el Centro de Acceso a Documentos Transaccionales (TRAC, por sus siglas en inglés).

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Ahora Felipe espera poder permanecer en el país suficiente tiempo para apelar su caso. Felipe insiste en la importancia de alzar la cabeza en la era de Trump.

"Esto no se trata solamente de mí, sino de todas las familias indocumentadas, solicitantes de asilo, y nuestros hermanos musulmanes que se les niega la entrada al país", Felipe le dijo a un grupo de simpatizantes reunidos en una iglesia en Durham la semana pasada. "No se trata de raza, estatus migratorio, o color. Se trata de ser humano. No simplemente soy un número. Hay una vida detrás de cada estadística".